El volcán Popocatépetl, en México, ha vuelto a cobrar vida, arrojando a la atmósfera desde el 20 de mayo del 2022, altas columnas de ceniza que han provocado la cancelación de parte del tráfico aéreo y ha puesto en alerta a la población y autoridades del país sobre una posible erupción.
La expulsión de cenizas hizo cerrar por unas horas los aeropuertos de la Ciudad de México. Actualmente, el semáforo volcánico que mide su actividad continúa en nivel intermedio, pero las autoridades preparan ya refugios en caso de ser necesarios.
Cada vez que el Popo o Don Goyo, como popularmente es conocido el volcán, lanza un suspiro, decenas de científicos, así como una extensa red de sensores y sismógrafos monitorean su actividad.
En Puebla, donde la constante caída de ceniza ha obligado a suspender clases, los rugidos del volcán aumentan en frecuencia e intensidad, especialmente en las localidades más cercanas, donde las explosiones de los últimos días han cimbrado puertas y ventanas.
De acuerdo con el último informe del Centro Nacional para la Prevención de Desastres (Cenapred), el escenario esperado para el corto plazo seguirá la tónica de las últimas semanas, con “explosiones de tamaño menor, algunas moderadas y ocasionalmente grandes, acompañadas por emisiones de ceniza y fragmentos incandescentes, dentro del radio de exclusión de 12 kilómetros”.
Para entender el estado actual del volcán es necesario mirar a su pasado remoto, una época que se remonta miles de años antes de que los mexicas y otras civilizaciones mesoamericanas encontraran tierra fértil para establecerse en el centro de México.
A lo largo de sus 21.000 años de historia, es posible distinguir a grandes rasgos entre dos tipos de erupciones en el Popocatépetl: las plinianas, las más grandes y destructivas, cuya frecuencia se estima una vez cada miles de años; y las vulcanianas, de magnitud baja a media, que suceden en un intervalo de decenas o cientos de años.
Ante la caída de ceniza, las autoridades de salud de Puebla y Ciudad de México han llamado a utilizar cubrebocas para evitar su entrada al sistema respiratorio y limitar el ejercicio al aire libre. La ceniza volcánica, compuesta por fragmentos de roca de tamaño variable, se debe sacudir o barrer sin utilizar agua y evitando su contacto con depósitos de agua o coladeras que podría obstruir.
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