n el crepúsculo, Martin Edwards observa las sombras del antiguo bosque desde un montículo y espera. Permanece inmóvil, observando con su cámara térmica. Incluso las liebres parecen no notar al cazador de ciervos hasta que este apunta. El estruendo de su rifle rompe la calma. Ha matado a un ciervo macho, uno de los muchos ciervos salvajes que vagan por esta parte del bosque en Hampshire, en el sur de Inglaterra.
Edwards aboga por un manejo humanitario de los ciervos: la reducción de su número para controlar la población y asegurar que no invadan los bosques y tierras agrícolas en un país donde ya no existen los depredadores naturales. Para estos defensores, cazar ciervos es mucho más que un deporte. Es una necesidad porque la población de ciervos en Inglaterra se ha descontrolado.
Ahora hay más ciervos en Inglaterra que en cualquier otro momento en los últimos 1.000 años, según la Comisión Forestal, la secretaría estatal que se encarga de los bosques públicos en Inglaterra.
Esto ha tenido un impacto devastador en el medio ambiente, aseguran los funcionarios. El excesivo forrajeo de los ciervos daña grandes áreas de bosque, arbustos y los hábitats de ciertas aves como los petirrojos. Algunos propietarios de tierras han perdido enormes cantidades de cultivos debido a los ciervos, y la sobrepoblación significa que los mamíferos tienen más probabilidades de sufrir de inanición y enfermedades.
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